"La soledad es tremenda a esta edad", me dice un abuelo, al otro del teléfono. Llama porque quiere que alguien lo escuche. Sólo dice que su nombre es Juan y que tiene 81 años. Quiere opinar sobre el caso de Susana y Beatriz Laguardia, las mellizas que fueron encontradas muertas el 11 de enero en un departamento de Recoleta. Se sospecha que hacía cuatro meses habían fallecido. Iban a cumplir 74 años. Hasta comienzos de esta semana, sus cuerpos seguían en la morgue judicial sin que nadie los reclamara.
Noticias como estas nos llaman la atención. Sin embargo, según Juan, no deberían sorprendernos. "Muchos ancianos han muerto solos en sus casas durante el último año. Eran amigos míos", explica, mientras reconoce, angustiado, que a él tal vez le depare el mismo destino. Los ancianos se ubican en el último eslabón de la cadena de vulnerabilidad. Deberían pasar sus últimos años disfrutando de lo que entregaron durante toda una vida. Pero, en cambio, algunos apenas pueden sobrevivir. Y muchos lo hacen solos. En un país donde la población envejece cada vez más y en el cual la expectativa de vida se acerca cada vez más a los 80 años, el pronóstico es deprimente. Hay países del mundo como España que han avanzado con servicios de dispositivos de teleasistencia a mayores que viven solos.
En nuestra ciudad, si bien se sancionó una ordenanza que preveía crear un registro oficial de cuidadores de la tercera edad, pasó más de un año y el sistema aún no funciona bien ni se conoce.
Pero hay algo peor: una sociedad que mira desde lejos la ancianidad y lo hace con egoísmo, con el temor de envejecer. Si seguimos por este camino, sin hacernos cargo del afecto y el cuidado que necesitan, las generaciones jóvenes estaremos también embargando nuestro futuro. Porque protegerlos no sólo es una cuestión de respeto, sino también un acto de resguardo propio: no nos olvidemos que aunque lo veamos como algo muy lejano, ser anciano es sólo una cuestión de tiempo.